Vuelve a la Calma: Conversando con la Ansiedad

 


Cuando la necesidad de resolver, la sobre exigencia y la carga mental llegan a un punto donde ya no hay espacio para respirar profundo, ella levanta la mano. No porque no estuviese desde antes ahí, sino porque ya no puede ocultarse, necesita que la mires, te está pidiendo a gritos que pauses, está acelerando tu corazón, haciendo que tus poros transpiren frío y no deja de hacer mover tus manos y tus piernas.

 

La ansiedad se ha vuelto la protagonista de nuestros días actuales, está presente en la mayoría de las crisis, no importa la categoría: la miramos en nuestros niños y jóvenes, en el jefe que no para de gritar, en nuestra madre que necesita estar siempre ocupada, en aquella amiga que compra compulsivamente, en cada restaurante de comida rápida, en cada vuelta que damos antes de poder conciliar el sueño, en cada pausa en la que Youtube nos obliga a mirar un anuncio, en lo mucho que dura el microondas para terminar su labor, en lo difícil que nos resulta estar sin hacer absolutamente nada. Y si ella está en todo, es porque algo quiere decirnos. Ella no es “el enemigo”, es una mensajera.

La ansiedad no es el problema, es la respuesta inteligente del sistema nervioso frente a una percepción de amenaza futura. Su función biológica es clara: anticipar para sobrevivir. El conflicto de fondo no es “algo malo va a pasar”, sino “tengo que estar lista porque podría pasar algo”. Entonces, ¿porque me siento ansiosa en momentos tan cotidianos como hacer la fila del banco, al salir del trabajo, o las tardes de domingo?

Vivimos en un sistema que exige que las personas, y especialmente las mujeres, estén al 100% en todo: trabajo, crianza, pareja, desarrollo personal, productividad y calma impecable. Este sistema premia la autoexigencia y penaliza la pausa. Por eso la ansiedad actual no surge del peligro inmediato, sino de la hiperanticipación constante: escenarios, posibilidades, exigencias, expectativas.

La ansiedad no es algo que podamos apagar o encender, no es nada de lo que debamos avergonzarnos, ni es sinónimo de debilidad. La mayoría de las veces es sentirse amenazada por algo que todavía no pasa o que probablemente no pase nunca. Es nuestra mente proyectada al futuro, y como la mente no tiene esa capacidad, todo eso imaginado es solamente una amenaza. Por eso, ella es la mensajera de que es momento de Volver a la Calma, al presente, reconectar con tu esencia, recuperar tu equilibrio y escuchar lo que viene a decirte.

Esta sensación constante de emergencia mantiene al cuerpo en estado de alerta, sometiéndolo a mucho estrés, y generando exceso de hormonas como el cortisol y la noradrenalina que llegan a intoxicarnos por dentro, y en el mediano plazo a afectar la funcionalidad de nuestros órganos y sistemas. No es algo pequeño, ni que puede pasar desapercibido. Cuando vivimos entrenadas para adelantarnos a un futuro que aún no existe, caben todas las posibilidades de amenaza y el cuerpo, que está hecho para sobrevivir, es el que paga el precio.

Las principales reacciones del sistema nervioso son: temblor, sudoración, taquicardia, presión en el pecho, tensión muscular. Sin embargo, experimentamos síntomas en todos los niveles:

  • Físicos: cambios en la visión, tensión muscular, cambio en los termoreceptores, mareos, dificultad para tragar, resequedad en la boca, control de esfínteres, pérdida de equilibrio, dolor de espalda, dolor de cabeza, gastritis, etc.
  • Cognitivos: pensamientos de rechazo, de autosabotaje, invalidantes, falta de concentración, rumiación mental, insomnio, escenarios catastróficos, despersonalización (sentir que no sos vos o que te vas a volver “loca”)
  • Conductuales: compras compulsivas, atracones de comida, autolesiones, comerse las uñas, mover constantemente manos o pies, dar pequeños golpes, moverte de un lado a otro, no parar de hacer., necesidad de controlar.
  • Emocionales: tristeza, tendencia a ser reactiva, vergüenza, miedo, preocupación.

La ansiedad tiende a proyectar la mente en el futuro, lo que conlleva como efecto que perdamos la capacidad de vivir en el momento presente, y empezamos a desarrollar una imaginación fértil, solucionando situaciones que es probable que ni siquiera ocurran. Estamos al acecho de señales que prueben que tenemos razón para preocuparnos, y es muy posible que seamos menos tolerantes a vínculos que, ya por sí mismos, tocan heridas personales.

En el fondo, la ansiedad es un temor sin motivo. La persona que la padece vive en la dolorosa espera de un peligro impreciso e imprevisible. Esta necesidad de anticipación no sólo pertenece a las situaciones del entorno actual, pueden también ser una lealtad inconsciente a un sistema que vivió en peligro, pérdida, escasez o violencia. El estado de alerta transgeneracional explica por qué el cuerpo reacciona más rápido que la mente: nuestro cerebro reptiliano, el más antiguo y ligado a la sobrevivencia es instintivo, reactivo, y, junto a nuestro sistema límbico (que guarda emociones, traumas y dolores), son una especie de guardianes de la vida que utilizan el pasado para mantenernos a salvo.

Nuestros antepasados vivieron pérdidas, escasez, violencia emocional, incertidumbre, y su forma de sobrevivir fue mantenerse en hipervigilancia. Por tanto, lo que tu cuerpo intenta asegurar es que el sistema familiar siga vivo. Lo hacemos desde la biología, pero también desde la necesidad de pertenecer. Esto, más nuestra propia historia de dolor, se vuelve demasiada carga, que finalmente desgasta nuestra energía, paz y espacio interno.

Desde la Biodescodificación, la ansiedad prologada en el tiempo se determina por causa multifactorial, y lo que se busca desde este paradigma es encontrar la raíz emocional que la desencadena más, si es posible, el evento que la programó. Respondemos a estas cuestionantes: ¿Qué hizo que tu cuerpo necesitara esta vía de respuesta? ¿Cuál es el peligro que detecta? Y el fin último no tiene que ver con “pensar distinto”, o entender más, tampoco con resolver el futuro. Se trata de regular el sistema nervioso base, ya que cuando el cuerpo baja, la mente lo sigue. Siempre.


¿Qué hacer, entonces?

Lo opuesto a la ansiedad no es la calma, sino la confianza. La calma es un resultado que llega tras la observación consciente del proceso. Nuestro cuerpo, si o si, necesita silencio, pausa, y contacto con lo simple para detener la sobreestimulación. Las prácticas sencillas como respirar, caminar descalza, tocar el agua correr, usar un objeto suave o repetir un mantra, no son solo “herramientas de calma”, son actos de desobediencia amorosa hacia ese viejo mandato de estar siempre alerta. Cada vez que eliges detenerte, tu cuerpo aprende algo nuevo: que no hay guerra que pelear, que nadie te está evaluando, que puedes soltar sin perder tu valor.

A nivel emocional, elegir la pausa también permite mirar la emoción que está resguardada detrás de la ansiedad. Ese enojo que late debajo de tu perfeccionismo es la señal interna de saturación. Esa tristeza que se esconde detrás de tu aparente desapego o “no me importa”, es señal de pesadez y vacío. Esa frustración que está detrás del sobreesfuerzo y el control, es señal interna de tensión. Y ese dolor que no se muestra porque está detrás de la hiperfortaleza y el “yo puedo con todo”, es señal de que hubo abandono emocional en alguna parte de tu infancia.

La ansiedad no se “cura”; se escucha, se ordena, se guía. Ella es un puente hacia la autenticidad, los límites, la espiritualidad y el liderazgo emocional. Cuando ella se siente escuchada y sostenida, es entonces que se transforma. Date cuenta de que preocuparte no funciona, no hay necesidad de estar continuamente preocupada, esto no hace que desaparezcan tus miedos no resuelve problemas, sólo genera obsesión y sobre pensamiento. Aceptar la realidad en la que estás inmersa, es un paso valioso hacia la madurez: el mundo no es como esta niña pequeña quiere que sea, el mundo es como es. ¿Cómo quiero ser y estar yo en ese mundo?

 

Melania Rashida Onca

BioConstelaCR


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Link: https://youtu.be/MttrIow4Pls?si=p6VqT3ym2W8mnxAH

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